Fundación María Tsakos | 'Ιδρυμα "Μαρία Τσάκος"
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Biblioteca Homero

Biblioteca Homero

Existe una escultura de la cabeza de Homero, poeta ciego, y circulan biografías que ubican su lugar de nacimiento en alguna de las siete ciudades que se disputan el honor de haber sido su patria, pero en realidad son leyendas. Se pensaba que era ciego, porque el don de la memoria y de la «visión» interior era un contraste con el don de la vista. Si bien la ceguera podría ser una condición propicia para ejercitar la memoria, hay un aspecto simbólico muy importante: una «compensación» de la ceguera física por el don de la capacidad visionaria. No por casualidad, los más famosos adivinos griegos eran también ciegos, y esa afinidad entre poeta y adivino podemos advertirla en la palabra «vate», que significa tanto «poeta» como «adivino» (de ahí «vaticinio»).

 

Lo cierto es que se discute si Homero fue el único autor de La Ilíada y La Odisea, o si fue la intervención sucesiva de varios autores que dieron forma a un conjunto de relatos, tradiciones y mitos que venían desde mucho tiempo antes. Esta es la llamada «cuestión homérica» que se sigue debatiendo. En todo caso, estos poemas datan del siglo VIII a.C., y en esa época comienza la literatura griega, oral al principio. Homero era un aedo, término que viene del griego aoidos, que significa «cantor». Los poemas homéricos eran cantados y acompañados por un instrumento de cuerdas. Los aedos podían reproducir, a lo largo de los años, con pocas variantes, estos poemas en versos hexámetros, y aunque su memoria era extraordinaria, seguramente la adopción de la escritura alfabética que los griegos tomaron de los fenicios hacia finales del siglo IX a. C. (y cuyos caracteres básicamente se mantienen hasta hoy) fue una ayuda importante, así como varios recursos mnemotécnicos.

Recién en el siglo VI a.C., bajo el gobierno de Pisístrato, se preparó una versión oficial de los poemas, y es de destacar que estos fueron los libros donde los griegos pudientes aprendían a leer y escribir. Los griegos no tuvieron un libro sagrado, como los pueblos monoteístas, pero en todo caso su «libro sagrado» en el que se formaron fue un libro de poesía: los poemas homéricos.